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Sylvia Pardo
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Sylvia Pardo atrapó al universo en un suspiro y se entregó plena y regocijadamente a la eternidad.
Sus amigos recordaremos siempre su sonrisa luminosa, sus ojos centellantes, su cabellera larga y rizada cayendo sobre sus hombros como una cascada y su genio y su locura deslumbrantes que nunca dejaron de sorprendernos. A finales de los ochenta en el esplendor de la fama y la fortuna, mujer de intensas pasiones y de grandes amores, decidió retirarse a una cabaña en el bosque y se entregó al rito profundo de danzar a solas con el arte, acabó convirtiéndose en una ermitaña, en el santo santorum de la cueva. En su cabaña de Tlapexco había un letrero que rezaba: "solo para locos la entrada cuesta la razón", fue en su retiro entre otras cosas una guerrillera solitaria de ecología, cuando algún vecino intentaba cortar un árbol Silvia Pardo salía de su encierro y lo impedía con pistola en mano. Los colibríes solían hacer sus nidos dentro de la cabaña de la pintora y la hiedra se metía por las ventanas. Silvia nunca perdió su capacidad de asombro y nunca rompió el hilo invisible que la anudaba a las estrellas. Buscó a Dios y Dios a veces la buscaba a ella, pero el sábado siete de junio por la noche al fin se encontraron los dos. | texto Ana Klein